A white plate topped with pasta and bacon

HISTORIAS QUE SE COMEN

La ensalada que anunciaba el verano

6/21/20262 min read

La ensalada de arroz anunciaba el verano

Hay platos que alimentan, y hay platos que anuncian estaciones.

Para mí, la insalata di riso siempre significó una cosa: el verano había llegado.

Recuerdo a mi madre preparándolo por la mañana para que estuviera bien frío a la hora de comer.

Recuerdo abrir la puerta de la nevera y encontrar aquella montaña de arroz llena de colores.

Aceitunas, atún, jamón de york, queso groviera, guisantes, zanahorias, tomate, frankfurt, mahonesa y... algún ingrediente sorpresa que aparecía según lo que hubiera en la despensa.

Porque, como ocurre con tantas recetas italianas, cada familia tiene la suya.

La insalata di riso nunca fue una receta estricta.

Era una solución inteligente.

Hoy como antaño, con el calor del verano nadie tiene ganas de pasar horas frente a los fogones.

Así que aparecía ella, fresca, práctica y capaz de alimentar a toda una familia durante varios días.

La llevábamos a la playa, a las excursiones, a las comidas en casa de familiares donde se compartían platos.

A cualquier lugar donde hubiera una mesa, unas sillas y ganas de estar juntos.

Alimentos en conserva

Con los años descubrí que la insalata di riso tiene una historia mucho más reciente de lo que parece.

Aunque el arroz llegó a Italia siglos atrás, la versión moderna de esta ensalada nació durante el siglo XX, cuando los alimentos en conserva comenzaron a formar parte de las cocinas italianas.

Pero, cuando pienso en la insalata di riso di "mamma", la historia desaparece rápidamente y vuelvo a la cocina de mi infancia.

Tras cocer el arroz en abundante agua con sal, mi madre lo enfriaba inmediatamente bajo el grifo de la cocina. Decía que los granos tenían que quedar sueltos, nunca apelmazados.

Mientras tanto, en otra cazuela hervían los guisantes, las zanahorias y cualquier verdura que hubiera encontrado aquel día en la nevera.

Después llegaba mi parte favorita.

El queso, el jamón cocido y los frankfurt.

Nada de cortes delicados ni presentaciones de restaurante.

Las lonchas de queso y jamón tenían casi medio centímetro de grosor y los frankfurt acababan convertidos en pequeñas monedas que desaparecían misteriosamente antes de llegar al bol.

Poco a poco, todos los ingredientes iban encontrando su sitio juntos con el arroz, hasta formar aquella montaña colorida que parecía anunciar oficialmente el comienzo de las vacaciones.

Mi Ensalada de arroz

Ahora que me he mudado a España, me ha tocado asumir, por razones obvias, el relevo en la preparación de este manjar veraniego.

Cada verano intento reproducir los mismos gestos que vi hacer a mi madre durante años.

Cuezo el arroz.

Lo enfrío bajo el grifo.

Corto el queso en dados generosos.

Añado el jamón, los guisantes, las zanahorias y los frankfurt.

Intento seguir cada paso tal y como lo recuerdo.

Y, si soy sincero, creo que algo se me escapa.

Porque nunca consigo reproducir exactamente el sabor que tengo grabado en la memoria.

No fallan los ingredientes

Durante mucho tiempo pensé que era cuestión de ingredientes.

Quizá el arroz.

Quizá el queso.

Quizá alguna verdura que he olvidado.

Pero con los años he llegado a otra conclusión.

Tal vez no sea la receta lo que echo de menos.

Tal vez sea aquella cocina.

Aquella nevera.

Aquellas mañanas de verano.

Mi madre moviéndose entre los fogones.

Y la certeza de que las vacaciones acababan de empezar.

Porque al final…

Las recetas pueden copiarse.

Los recuerdos...

No!